La historia de los lugares es la historia de las personas que habitan en ellos, y por eso podemos decir que la ciudad de La Habana también es historia de las Rías de Ares y Ferrol.

Hubo una época en la que el gallego era el idioma más hablado por los marineros que faenaban en el golfo de México. Era allí donde faenaban los barcos viveros de la ciudad de La Habana (Cuba).

Este arte de pesca fue introducido en Cuba por navegantes canarios, pero hacia finales del siglo XIX era la emigración de Ares, Redes, Pontedeume y Mugardos la que controlaba casi toda la flota viverista de la ciudad.

En el actual barrio de Casablanca, en la capital de Cuba, estaba o Peixiño, un asentamiento de barracas en el que en míseras condiciones se establecían los emigrantes más humildes. Su idioma y su trabajo en el mar modificaron el paisaje de la bahía de La Habana, que a veces recordaba a las rías de Ferrol y Ares.

Allí llegaron, vivieron, trabajaron y murieron muchas personas salidas de nuestra comarca.

Xosé Neira Vilas entrevistó a muchas de estas personas en su libro Galegos no Golfo de México, recuperando la memoria de este trozo de historia que también es historia de aquí. Puedes acudir a él si quieres saber más, aparte de preguntar a tu familia (puedes llevar agradables sorpresas).

LOS BARCOS VIVEROS

Los barcos viveros eran barcos de vela de dos o tres palos y una eslora de veinte o treinta metros, aparejados como goletas. El hecho que los convertía en barcos “viveros” era el de contar con una bodega que se inundaba con el agua del mar, pudiendo albergar así el pescado vivo dentro del barco tras su captura.

En La Habana gustaba comer pescado fresco, vendiéndolo a un precio muy superior respecto al salado. Esa fue la causa principal para que surgiera esta tipología de pesca, que permitía mantener a las presas vivas durante mucho más tiempo. Entonces no era fácil conservar más de 10.000 kg pescado (la capacidad aproximada que recogían estos barcos) en un clima tan caliente como el caribeño.

El proceso era extenuante. Las campañas duraban, como poco, veinte días si el mar era benévolo y encontraban una zona abundante en peces. Si no, podía extenderse hasta el mes y medio.

El mar Caribe está repleto de peligros. A los impredecibles ciclones y tormentas se sumaban las fuertes corrientes y una infinidad de arrecifes que debían sortearse sin el uso de cartas de navegación. Todo el trabajo era manual.

Para saber si la zona escogida para la pesca era buena, tiraban una sonda, conocida con el nombre de escandallo, por la borda. Si la profundidad y la calidad del fondo marino era propicia, los veleros maniobraban para detenerse y largaban las líneas, con tres o más anzuelos con carnada. Si los peces picaban, era el momento de fondear y comenzar la faena.

Trabajaban sin descanso hasta izar las miles de libras que debían capturar. Pero la tarea no terminaba con el pescado en cubierta.

Al tratarse de pesca de fondo, la única forma de que las piezas se mantuvieran vivas cerca de la superficie era romperles la vejiga natatoria, evitando que se expandiera y muriesen reventadas. Esto se hacía clavando, pez a pez, una cánula hueca que liberara el aire de la vejiga, permitiendo que así estos siguieran vivos varias semanas, hasta llegar al mercado de La Habana.

Una vez que llegaban a la ciudad, la pesca se transportaba a unas jaulas sumergidas, las cachuchas, que servían de almacén para el pescado aún vivo.

Las cachuchas permitían principalmente dos cosas: liberar los barcos de la carga, quedando libres para volver a partir en cuanto fuese necesario, y estabilizar el precio del pescado fresco, pues siempre había ejemplares vivos almacenados en ellas. 

La tripulación constaba de un patrón y de unos diez marineros, dependiendo siempre del tamaño del barco o de la ambición de la campaña a desenvolver. Pero más durezas y problemas asolaban a estos marineros, más allá de la dureza del trabajo y las inclemencias de un peligroso mar.

Había épocas en las que el trabajo no estaba bien pagado, debido al abuso por parte de armadores que imponían precios que no cubrían ni los gastos de manutención de las campañas. Muchas de estas injusticias derivaron en la creación de un sindicato, enmarcado en el Sindicato de Marineros de La Habana.

La competencia de viveristas de Florida, que tenían permitido vender en La Habana, inflaba la oferta, bajando los precios de la pesca y complicando más la situación.

Un día, el pescado almacenado en las cachuchas comenzó a morir. La modernización de la ciudad trajo consigo vertidos contaminantes que estropearon las aguas limpias de La Habana, y los viveristas se vieron obligados a buscar otro lugar donde fondear.

Pero ni la lucha obrera, ni la capacidad de adaptación de la flota, ni la clandestinidad, sirvieron de nada contra la llegada de los barcos modernos, que tenían neveras para conservar la captura.

Y a partir de los años 40, este método de pesca tradicional fue decayendo hasta su desaparición. Pero no todo fueron penurias en la emigración, y algunas personas lograron ahorrar como para volver a Galicia, arreglar la casa y pasar la vejez con tranquilidad. Y mismo hubo quien se hizo rico. Eso sí, una minoría.

Pero tanto los más ricos como los más humildes fueron capaces de no olvidar nunca su comarca natal, mandando de vuelta dinero a la familia que esperaba en Ares, o participando en la construcción y manutención de las escuelas indianas, que libraron del analfabetismo a generaciones enteras de aresanos.